Entrevista al autor Daniel Saldaña París
Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) fue incluido en 2017 en la lista Bogotá39 de los mejores escritores menores de cuarenta años de América Latina y en 2020 obtuvo el Premio de Literatura Eccles Centre & Hay Festival. Es autor de ‘El baile y el incendio’, finalista del Premio Herralde de Novela.
P: Aparentemente, tener un estilo propio consiste en tener una idea clara de lo que quieres transmitir y conseguirlo; una especie de madurez de escritor. En tu caso, ¿crees que aún sigues aprendiendo a escribir, o, por el contrario, para ti la escritura se parece más a un oficio que se ejercita? ¿Es mejor escritor el Daniel Saldaña de 2024 que el de 2021?
R: Yo matizaría esa definición de estilo. Para mí, tener un estilo propio tiene que ver con encontrar un equilibrio entre lo que quiero escribir y lo que puedo escribir. Es decir, con asumir con plenitud lo que traigo adentro y no dejarme zarandear por las expectativas externas. En ese sentido, sí creo que sigo aprendiendo –a escucharme, a explotar mis contradicciones–. Entre 2021 y 2024 mi vida cambió radicalmente unas cuantas veces; publiqué dos libros muy personales, me divorcié, me mudé de ciudad y de lenguaje, conocí a mi pareja, cambió mi idea del amor y murió mi padre. No creo que sea mejor escritor, pero sí que soy un escritor que está más cerca de sí mismo.
Para mí, tener un estilo propio tiene que ver con encontrar un equilibrio entre lo que quiero escribir y lo que puedo escribir.
P: ¿Qué papel han tenido para ti en tu formación como escritor las becas literarias? Y, siguiendo con esto, te haré una pregunta que le hicimos hace poco a Fresán: ¿cuánta ‘calle’ —cuánto contacto con el mundo no-literario— necesita un escritor?
R: Las becas literarias han sido importantes para mí porque me han dado tiempo para no hacer demasiado, para leer y dar paseos y decidir empezar de nuevo un libro que creía terminado. Me han dado tiempo para dudar, y eso me parece importantísimo. Creo que un escritor necesita calle de todo tipo (para mí, la cerrada del sur de la Ciudad de México donde crecí jugando futbol con porterías indicadas por mochilas, y la intersección de la Prospect Expressway que veo desde mi ventana, además de todas las calles que he caminado entre una y otra) y por suerte el mundo no-literario es casi todo el mundo, porque la literatura es una parte minúscula de la vida.
P: ¿Eres mejor lector o escritor? ¿Vicios y virtudes tuyos en cada una de estas facetas?
R: El otro día, mi amiga Valeria Tentoni me decía que está leyendo más y escribiendo un poco menos últimamente, pero que siente que está leyendo de un modo más autoral. Me pareció buena forme de decirlo y, como siempre que hablo con ella, pensé que quiero parecerme más a Vale Tentoni. Creo que la lectura puede ser una forma de escribir, y que a veces es parte del mismo ejercicio. El único vicio como lector que tengo, en el sentido de una costumbre nociva que no logro sacudirme, es que cuando no estoy leyendo una buena novela estoy echando de menos leer una buena novela, y me gustaría ser capaz de no pensar en novelas por un tiempo, leer solamente los libros de historia y de poesía que leo de todas formas, sin sentir que hay un hueco en mi cotidianidad que necesito llenar con una novela.
P: ¿Tu top (o parte de él) de escritores contemporáneos imprescindibles en lengua española?
R: Creo que todas las listas que pueda hacer son provisionales y varían con mi humor de cada día, pero por ahí están Valeria Luiselli, Clyo Mendoza, Federico Falco, Enrique Vila-Matas, Juan Cárdenas, Elisa Díaz Castelo, Miguel Sáenz (sus traducciones), Leila Guerriero…
P: Vamos a decirlo así un poco a lo crudo, pero formas parte de —probablemente— la primera generación literaria en la que los hombres tienen una presencia marginal y/ o irrelevante: en casi cualquier lugar de Occidente, existe un consenso más o menos amplio en que las sensibilidades literarias más importantes son femeninas. ¿Cómo has vivido tú esto?
R: Con alivio. No tengo la ambición de ocupar más espacios, y creo que antes había una homogeneidad aburrida.
P: De media, ¿cuánto rato pasas al día leyendo y cuánto mirando el celular?
R: Duermo con el celular fuera de la habitación, para poderme despertar y leer un par de horas antes de arruinarme el día. Pero de todas formas paso demasiado tiempo en el celular. Leo unas cuatro horas al día, a veces más si estoy clavado con algo. Y yo diría que paso un par de horas en el celular, pero prefiero no corroborar este dato.
P: «Regué las bromelias hace rato, cuando aún se sentía el viento frío que sopla por las mañanas en esta colonia, una de las más altas de Cuernavaca. Las bromelias son hermosas, pero también algo más. Si fueran solamente hermosas no les pondría tanta atención: la belleza es reposo, o al menos cierta forma de estabilidad, de equilibrio, y con las bromelias puedo advertir, a veces, la sospecha o el anuncio de un desorden, una inminencia de desastre; como si estuvieran a punto de cambiar siempre…» Los escritores pasan una cantidad de tiempo a veces absurda, a veces inimaginable, cavilando sobre un mismo párrafo. ¿Qué recuerdas de la escritura de este párrafo?, ¿Qué decisiones estéticas tuviste que enfrentar y cómo las resolviste…? ¿Qué cosas pasaban por tu cabeza escribiendo esto?
R: Ese párrafo en particular lo escribí de un tirón y no cambió casi nada en las sucesivas correcciones. A menudo me pasa eso con los primeros párrafos de una novela, que sirven un poco para fijar el tono. Ya luego viene lo tortuoso. Cuando lo escribí, pensaba en el pueblo donde vivía mi padre, que está lleno de bromelias, y pensaba en mi adolescencia, cuando fui a clases de danza, y trataba de pensar en cómo sería escribir sintiéndome más como me siento cuando bailo: entregándome a un sentido del ritmo y a un flujo que me lleva sin tener que tomar demasiadas decisiones. Una escritura de la memoria muscular. Ahora estoy yendo a clases de salsa los domingos y sigo intentando escribir así.