Entrevista a la autora Beatriz Serrano
El descontento es la historia de Marisa, una mujer en la treintena que vive anestesiada mediante orfidales y vídeos de Youtube para soportar las rutinas y pesares de su día a día en una agencia de publicidad. Tan solo acude presencialmente a la oficina para ahorrar dinero en aire acondicionado durante el sofocante agosto madrileño. Marisa odia el trabajo. Sin embargo, no puede dejarlo: le gustan demasiado las cosas bonitas. El descontento también es la primera novela de Beatriz Serrano, con quien hablamos a propósito de su relación con la escritura.
P: Fuiste pionera en una generación de autoras que creó las bases de lo que conocemos como periodismo viral, y que luego resultó ser un vivero de excelentes escritoras, lo que inevitablemente recuerda a la relación de nombres como Plath o Didion con la prensa popular. ¿Cómo afectó este gremio en tu manera de escribir?
R: Algo en lo que he pensado mucho últimamente es que jamás he sentido ese miedo común a la página en blanco. Y creo que eso viene de ahí. El periodismo viral exigía velocidad e inmediatez. Nosotras no teníamos tiempo para pasarnos dos o tres semanas con un reportaje. No era solo culpa nuestra: los medios ya no tenían dinero para sostener ese modelo de negocio (a la vista está lo que pagan a un colaborador por sus crónicas desde Ucrania) y, mucho menos, para dar esa oportunidad a las recién llegadas. No digo que la inmediatez sea el mejor método, ni siquiera la mejor práctica periodística, lo que digo es que crea callo. ¿Página en blanco? Me lanzo a escribir. Creo que esa sería el primer aprendizaje: me dio agilidad.
Por otro lado, en España, al contrario que en Estados Unidos, siempre ha existido una gran división entre los géneros periodísticos: qué es noticia, qué es opinión, qué es crónica y, sobre todo, quién puede o no puede opinar, qué opinión tiene valor, quién está o no autorizado para decir qué, etc. No ha existido una tradición, como sí existió en Norteamérica, de lo que Vivian Gornick denominó 'periodismo personal' y, más adelante, 'narrativa personal'. Y creo que medios como BuzzFeed, en el que trabajé, y también Vice o Playground, bien por ser estadounidenses o por beber de ese nuevo periodismo, adoptaron esos formatos híbridos desde sus inicios y metieron en su cantera a gente muy joven, que no tenía voz ni hueco en medios tradicionales, y les pusieron a hacer travesuras. Y estoy segura de que, en nuestra juventud e inocencia, todas las personas que trabajamos allí cometimos muchos errores y escribimos auténticas imbecilidades. También hicimos cosas ingeniosas y brillantes, sobre todo, distintas. En el fondo, creo que es necesario un punto de inexperiencia, de soberbia que te da la juventud y de desfachatez para lanzarte a hacer cosas nuevas. Este fue el segundo aprendizaje: lo divertido que puede ser explorar, probar, lanzarse, jugar con los formatos y no trabajar amoldada a ciertas normas establecidas.
P: ¿Cómo se relaciona en tu caso la literatura con, digamos, el contenido? ¿Qué fue primero?, ¿tu aspiración a escribir?, ¿o la curiosidad por los lenguajes de Internet? ¿Te volviste ‘creadora de contenido’ (podcast, ¿publicidad?—deduzco por el libro que conoces el mundo de las agencias, pero no estoy seguro…—, prensa…) a la fuerza, por gusto o ambas a la vez?
R: Primero vino la escritura. De niña escribía cuentos, más adelante, relatos e historietas. Me gustaba muchísimo leer. La única razón por la que decidí estudiar periodismo fue porque tenía claro que me gustaba escribir y pensé que el periodismo me ofrecería la posibilidad de dedicarme a algo que me gustaba, y así fue. Nunca me interesó la televisión ni la radio, sino las revistas y los periódicos, la prensa escrita. Supongo que una cosa llevó a la otra.
Sí es cierto que empecé la carrera en 2008. Cuando la terminé, el mundo era otro. La crisis había llevado a la precarización más absoluta de la profesión. Y aquellos que acabábamos de salir de nuestro caparazón encontramos un espacio en internet. Tuve Fotolog, tuve un blog, tuve Tumblr, y tuve todas las redes sociales posibles. Y fue precisamente a través de internet (y de todas estas cosas que te cuento que tenía) como conseguí mis primeros trabajos en webs como la de GQ o SModa, y no por hacer prácticas en ninguna empresa ni, por supuesto, por pagarme un máster que no me hubiese podido permitir.
Quizás soy un poco mayor, pero no me siento cómoda con la etiqueta 'creadora de contenido'. ¿Qué quiere decir exactamente? Suena a que generas cosas al peso para llenar un vacío en internet, y dentro del cajón de content creator lo mismo entra una persona que se pone muchos trapitos, un señor que dice que la Nutella es Satán o un periodista deportivo que se expresa en TikTok. No le veo sentido. Además, me resulta un tanto reduccionista (¿el denominador común es solamente que se hace en internet?) e incluso infantilizante (nadie llamaría a Manuel Jabois, que escribe libros, columnas y aparece en radio o televisión, 'creador de contenido', por poner un ejemplo).
P: Va una variación de la pregunta de cuánto dinero tienes en el banco, pero para escritores: ¿cuánto tiempo pasaste en tu iPhone la semana pasada? ¿Y cómo haces para concentrarte en la lectura y en la escritura? ¿Qué trucos manejas?
R: Preferiría que me hubieses pedido nude a tener que admitir esto, pero allá va: tiempo de uso la semana pasada, 2 horas y algo de media cada día. ¿Es mucho o es poco si me comparo con el resto de la humanidad? No sabría decirte.
No me importa utilizar el teléfono si considero que estoy haciendo algo interesante con él. No digo productivo, sino mínimamente interesante. Algo como entrar por la puerta de la madriguera de Wikipedia, saltando de un artículo a otro porque, de pronto, he sentido la imperiosa necesidad de saber sobre las islas de basura de los océanos o sobre Lee Radziwill (los dos ejemplos son reales) o para tener una larguísima conversación por WhatsApp con mis amigos. Lo que detesto es la sensación de pérdida de tiempo y sentido que tengo después de pasarme mucho rato haciendo scroll en Instagram, así que intento que eso no suceda.
¿Mis trucos? Hace meses me borré Twitter. Long story short: odio a Elon Musk y no quería seguir dentro de ese vertedero de criptofascistas que me robaba tantísimas energías. Otro: tengo un control en Instagram que me avisa si he pasado más de 15 minutos en la aplicación y, aunque muchas veces lo retrase y me quede otros 15 minutos, tengo la sensación de estar más informada sobre el tiempo que le dedico a la app y, por tanto, más control. No uso más redes sociales, la verdad. A veces entro en TikTok, especialmente cuando he tenido uno de esos días en los que la cabeza no te da para más y lo que busco, precisamente, es ponerme en modo encefalograma plano viendo vídeos de perritos, aunque no lo hago mucho. Más trucos: en metro o transporte público suelo leer y no miro el teléfono hasta que no he llegado a mi destino. Siempre intento llevar un libro en el bolso, para las esperas y los tiempos muertos. Y, en casa, sí que tengo una hora, a partir de las 20.30, en la que me dedico a ver alguna película mientras ceno, leer o escribir un ratito, y ya no suelo mirar demasiado el teléfono móvil. La suerte es que siempre he tenido buena capacidad de concentración, aunque a veces encontrar el momento para concentrarse en algo exige cierta disciplina y una resistencia muy activa, no solo pasiva: por ejemplo, también me he dado de baja de varios servicios de streaming que me parecía que solo me ofrecían cosas para pasar el rato, no cosas que de verdad despertasen mi interés y creo que buscar y seleccionar una película o un documental específico o dedicar ese tiempo a la lectura, requiere más disciplina que dejarse arrastrar y hacerse la maratón de la serie de la que todo el mundo habla. Intento, dentro de lo posible, no someterme a los mandatos de la actualidad del panorama cultural.
P: En general existe un más o menos amplio consenso dentro de ciertos círculos de cierta crítica literaria de cierto prestigio de que la autoficción es un género menor o poco imaginativo (particularmente pienso y siento en las antípodas de esto, pero te toca hablar a ti). ¿Cuánto hay de autoficción en ‘El descontento’? ¿Cómo te relacionas con el género?
R: Le tengo un profundo respeto a la literatura del yo. Algunas de las obras que más he disfrutado y me han conmovido en los últimos años (de Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan a cualquiera de los libros de Annie Ernaux), entrarían dentro de la etiqueta de autoficción y me parecería de cazurro llamar a eso género menor o poco imaginativo. Creo que es necesaria una sensibilidad muy particular, que roza la clarividencia, para tomar las partes o el todo de la historia de tu vida y armar un relato tan poderoso y universal como el que componen estas dos mujeres.
Dicho esto, para mí El descontento es ficción y no autoficción. Puede que el hecho de que haya escogido contar esta historia a través de la voz en primera persona de una protagonista que es una mujer de más o menos mi edad genere duda (tú mismo, en esta entrevista, has dado casi por hecho que "conozco el mundo de las agencias", cuando la verdad es que nunca he trabajado en una agencia de publicidad), pero lo cierto es que tanto la historia y la trama como su protagonista y secundarios son invenciones, que por supuesto pueden estar más o menos inspiradas en personas o arquetipos con los que me he cruzado, en situaciones que he visto, vivido, he leído o me han contado, y en sensaciones, pensamientos o ideas que yo misma he podido tener. Como creo que sucede, en el fondo, con todos los escritores y los libros que escriben, independientemente de que estén escribiendo sobre una mujer en una oficina, sobre un señor que quiere cazar una ballena, o sobre una señora adúltera con tendencias suicidas en Francia, el escritor y su propia historia siempre andan por ahí, más o menos a la vista. Flaubert dijo una maravillosa frase: "Madame Bovary soy yo". Ahí lo tienes.
¿Que cómo me relaciono con el género? Me encanta leer buena autoficción, como las autoras que mencioné antes y muchas otras (Gornick, Nothomb, Cusk) y me tomo con filosofía y buen humor que todo el mundo piense que Marisa soy yo.
P: Contar una historia va de persuadir (retención, ganchos… todas esas cosas de Internet, pero en texto), pero probablemente no exista un sentimiento más disuasorio que el descontento, que, a su vez, es un sentimiento que todo lo anega hoy. ¿Cómo te planteaste esta relación de fuerzas a la hora de escribir tu libro? En corto: ¿cómo se persuade desde la bajona?
R: Utilizando el humor. Creo que, de no ser por eso, El descontento sería un libro insoportable. Sin embargo, Marisa es capaz de filtrar la realidad que la rodea a través del sarcasmo, la retranca, la burla o la ironía, poniéndote frente a un espejo, enseñándote que el mundo es un lugar absurdo, pero que tiene su gracia. Para el personaje, esto es un mecanismo terrible, porque es una persona muy solitaria, y esta coraza que se pone para sobrevivir en su día a día solo la aleja más y más de sus semejantes. Para el lector o la lectora, esto es fantástico, porque es como si una persona ingeniosa y con mucha mala leche te llevase de paseo por su oficina contándote los cotilleos más interesantes.
Siempre tuve muy claro, además, que Marisa tenía que mostrar, de manera equilibrada, sus luces y sus sombras. Cuando releía partes que había escrito, me fijaba en si estaban sobrecargadas de negatividad, e intentaba ofrecerle a Marisa una vía de escape en la que pudiese mostrar a los lectores una parte luminosa de su existencia, aunque fuese a través de un vídeo de Youtube, de una canción que le salta en Spotify o de una llamada de su madre. Creo que esta división está muy marcada en las escenas que suceden dentro versus las que suceden fuera de la oficina: las partes de la oficina son reiterativas, lo cual era un efecto buscado en el que pretendía mostrar la carga de la rutina, y las partes de fuera muestran, cada día, una aventura nueva (un día se va al Prado, otra termina ciega con una amiga, otro se acuesta con su amante, y otro se dedica a darse un homenaje gastronómico). Mantener ese equilibrio a lo largo de toda la novela me parecía fundamental: como bien dices, Marisa puede estar de bajona, pero el libro no tenía por qué ser bajonero.
P: ¿Hay algo que te haga más feliz que escribir? ¿Cómo describes la felicidad que causa en ti el acto de la escritura?
R: Con la lectura y con la escritura me pasa lo mismo: soy capaz de perder la noción del tiempo. Un viaje en tren de dos horas se me pasa como dos paradas de metro si estoy metida en una buena novela, lo mismo que si utilizo ese viaje para escribir. Dicen que los mejores momentos de tu vida se pasan en su suspiro, mientras que las esperas o las situaciones tediosas te parece que duran una eternidad. Pues eso es para mí el acto de escribir: algo que dura un suspiro.